Es raro que pase un mes en el que no escuche hablar del trágico suicidio de un adolescente o adulto joven, desde el hijo de un famoso hasta el de un amigo.

Sabemos que el suicidio es la tercera causa de muerte, después de los accidentes y los homicidios, entre los adolescentes y los adultos jóvenes de entre 15 y 24 años. Lo que muchos no saben es que más del 90% de los jóvenes que se suicidan tienen una enfermedad mental severa. La depresión es la condición principal en los suicidios de los y las adolescentes. Ante estos hechos, es crucial que confrontemos directamente la pregunta de los antidepresivos: ¿Debemos recetar estos medicamentos a los jóvenes?

La respuesta, creo, es absolutamente sí. Permítame explicarlo.

Muchos padres, por no hablar de los psiquiatras y otros médicos, desconfían de la prescripción de antidepresivos a los adolescentes después de que la FDA emitiera una “caja negra de advertencia”, en 2004, de que el uso de medicamentos antidepresivos ISRS estaba relacionado con un mayor riesgo de pensamientos o comportamientos suicidas.

La FDA basó su advertencia en una revisión de los registros de casi 2.200 niños tratados con medicamentos ISRS, descubriendo que el 4% de ellos experimentaba pensamientos o comportamientos suicidas, el doble de la tasa de los niños que tomaron placebos. No hubo ningún suicidio consumado entre los 2.200 niños tratados.

Tres años más tarde, una revisión exhaustiva de los ensayos de pediatría, financiada por el Instituto Nacional de Salud Mental y realizada entre 1988 y 2006, encontró que los beneficios de estos medicamentos probablemente superan sus riesgos para los niños y adolescentes con depresión y ansiedad severos.

Y después de la advertencia, La CDC no informó de un descenso, sino de un fuerte aumento de la tasa de suicidio entre los jóvenes de 10 a 19 años. Este dramático aumento coincidió con un descenso en las prescripciones de antidepresivos para los adolescentes.

Siempre habrá advertencias a la hora de iniciar un tratamiento con antidepresivos pero, como psiquiatra de niños y adolescentes con casi tres décadas de experiencia -y como médico que NO recibe financiación de las empresas farmacéuticas-, puedo decirles que los mensajes negativos que se arremolinan en torno a los antidepresivos distorsionan una tragedia de salud pública e impiden el acceso a tratamientos, incluidos los medicamentos antidepresivos que pueden proteger contra el suicidio.

Cuando los padres se enfrentan a la pregunta de si deben medicar a un adolescente clínicamente deprimido, les ofrezco estas conclusiones:

  • Hasta el 80% de los adolescentes que tienen depresión pueden ser tratados con éxito si buscan la ayuda de un médico o terapeuta. Lo mismo ocurre con los adultos, el 80 por ciento de los cuales responderán a los medicamentos antidepresivos, ya sea un medicamento o una combinación de dos o más.
  • Alrededor del 40 por ciento de los adolescentes con depresión no responden adecuadamente a un primer curso de tratamiento con un medicamento antidepresivo. La persistencia en encontrar la medicación adecuada, o la combinación de medicamentos, es la clave del éxito de cualquier régimen de tratamiento.
  • No existe un conjunto de lineamientos estándares para que los médicos sigan al elegir un curso de tratamiento con o sin medicamentos antidepresivos.
  • Los estudios que sugieren que los medicamentos antidepresivos no funcionan mejor que los placebos en algunos pacientes no incluyen a individuos con tendencias suicidas. Las investigaciones han demostrado que los antidepresivos levantan eficazmente la depresión en los sujetos con los síntomas más graves, es decir, los mismos pacientes que tienen más probabilidades de intentar suicidarse.

La depresión no tratada es la causa número uno del suicidio de adolescentes, y aunque puede ser tentador mirar hacia otro lado, lo aliento a que mire esta tragedia de frente. Reconozca que la angustia adolescente forma parte del desarrollo normal, pero la depresión adolescente no lo es: es una enfermedad muy real que, si no se trata, es potencialmente letal. Requiere tanto la atención de los padres como la de los médicos.