Este es un extracto de ”The Scaffold Effect” (el efecto andamio), un nuevo libro del Dr. Harold S. Koplewicz, presidente del Child Mind Institute (ambos enlaces en inglés).

Cuando nuestros hijos son pequeños, nuestro trabajo es reparar, proteger y ser animadores sociales. Hacemos que la casa sea a prueba de niños para que no puedan meterse debajo del lavamanos y bloqueamos las escaleras para que no se caigan. Organizamos citas de juego y fiestas. Llamamos a sus maestros cuando surge un problema. Pero en algún momento del camino, el trabajo de los padres cambia, sin aviso ni indicación, y nos convertimos en asesores. Entonces, nuestro trabajo es ayudarlos a encontrar soluciones por sí mismos.

Pasar de ser el que “repara” a ser el que asesora es un cambio importante, y puede que a usted le resulte difícil. Como padres, estamos preparados para cumplir con el rol de reparar/proteger, con el fin de poder intervenir y encargarnos del problema. Si su hijo se cae y se raspa la rodilla, su instinto es ponerle una curita y decirle: “Está bien, cariño. Te curaré”. Luego vuelven a jugar y usted se siente bien por haber cumplido bien con su trabajo de ser el que repara.

Sin embargo, no es posible ponerle una curita a un rechazo social o a una experiencia de fracaso. No hay una solución instantánea cuando una niña de doce años es excluida repentinamente de su grupo de amigos, o cuando a un niño de ocho años le cuesta memorizar las tablas de matemáticas y comienza a pensar que es estúpido. No se puede proteger a un niño contra las dificultades de la vida. Pero usted puede darle a su hijo una armadura al enseñarle a defenderse a sí mismo, y así desarrollar el valor que necesita para sobrevivir y salir adelante.

Si su hijo obtiene una mala calificación en un examen, por ejemplo, un padre que está en el rol de reparar diría: “Deberías llamar al maestro para hablar de lo que pasó. Deberías reunirte con tu amigo, que es muy bueno en matemáticas, y recibir clases individuales. Deberías estudiar más”. Deberías, deberías, deberías. Escuche cómo le habla a su hijo. Cuando usted se oiga a sí mismo decir esa frase, tome en cuenta que está en modo de reparación, básicamente eligiendo las herramientas y dándoselas a su hijo.

Con el método de andamios, los padres apoyan y animan al niño a que aprenda a elegir por sí mismo las herramientas adecuadas para la tarea en cuestión. Puede que elija mal, y entonces usted puede guiarlo para que él evalúe la razón por la cual esa herramienta en particular no fue la mejor opción. La próxima vez, el niño intentará algo nuevo.

No es que usted lo deje andar por ahí por su cuenta. Usted está a su lado y colabora con él para que encuentre sus propias soluciones. En lugar de que él dependa de usted para obtener las respuestas, usted lo guía para que él piense cómo puede hacerlo por sí mismo.

La zona de crecimiento

Un estado psicológico se suele denominar “una zona”. En la obra en construcción activa que es el desarrollo de su hijo, es útil ser consciente de sus diversas zonas, así como de cuáles son las áreas seguras e inseguras.

La zona de confort. Este es un lugar figurado sin ansiedad ni estrés donde una persona se siente segura, cree que tiene el control y puede realizar con facilidad cualquier tarea social, emocional, conductual o académica, sin ayuda de los padres o los maestros. En la zona de confort, un niño puede desarrollar confianza y autoestima. Está seguro al realizar una actividad, y la disfruta porque es competente. Puede que se sienta bien pasar el tiempo aquí. También puede ser un poco aburrido. Como el crecimiento proviene de aprender cosas nuevas, y el aprendizaje requiere que uno sea vulnerable en su ignorancia e inexperiencia, el niño tendrá que salir de la zona de confort para crecer.

La zona de crecimiento. El máximo aprendizaje y crecimiento ocurre en el área justo fuera de la zona de confort, cuando el niño estira los brazos para adquirir habilidades nuevas. El psicólogo educativo ruso Lev Vygotsky creía que educar a los niños en la “zona de desarrollo próximo” (justo más allá de sus capacidades actuales, pero no muy lejos de donde ya están) inspira a los niños a convertirse en personas independientes que resuelven problemas y aprenden por su cuenta. La teoría se sostiene también en el contexto del andamiaje del aprendizaje emocional, social y de comportamiento de un niño. El aprendizaje, también conocido como desarrollo, es un proceso continuo por alcanzar más que se potencia con la colaboración entre padres e hijos. Están juntos en esto, pero una vez que su hijo aprenda lo que necesita aprender, puede avanzar y subir al siguiente nivel, mientras usted lo anima desde la distancia cercana del andamiaje.

El fracaso es una opción

Usted apoya el crecimiento actual y futuro de sus hijos al enseñarles a asumir riesgos, a pesar de la posibilidad real de que se desplomen.

Los elogios etiquetados juegan un papel importante aquí. Si usted quiere que sus hijos sean más proactivos y prosociales, tiene que elogiarlos cuando lo intenten. Sin embargo, tenga cuidado con lo que elogia. Si elogia solamente el éxito, sus hijos aprenderán a pensar que el fracaso es malo. Pero el fracaso no es bueno ni malo. Es solo un resultado posible.

Emily, una niña de catorce años con un trastorno de ansiedad severo, siempre se preocupaba mucho en los días previos a sus exámenes parciales y finales. Su madre, Diana, reaccionaba ante el estrés de su hija diciéndole que estudiara más, pero eso no ayudaba. El estudio obsesivo era un síntoma de su ansiedad, no una estrategia para lidiar con ella que la tranquilizarla. Era como darle permiso a un drogadicto para fumar más cocaína.

Asesoramos a Diana para que apoyara a Emily, a través de validarla sin prejuicios y presentándole el fracaso como algo que a veces sucede, y le dijera a su hija: “Te escucho. Te preocupa fracasar. Tal vez lo hagas, y está bien”.

Al descartar la “amenaza de muerte” que representaba fracasar, Emily podía convertir su déficit (la ansiedad) en un recurso (la productividad). Aún así ella seguía preparándose el doble que sus compañeros y siempre se reunía con los maestros antes de un examen para tranquilizarse. Pero al decirse a sí misma que el fracaso estaba bien, al liberar esa válvula, la destructiva ansiedad de “¡no puedo hacer esto!” se había ido. Diana tuvo que dar el mismo mensaje muchas veces. Pero finalmente, el mensaje se hizo sentir, y Emily, ahora una mujer joven , se lanza a oportunidades de trabajo intimidantes. “El fracaso no es fatal”, dice. “Simplemente lo volveré a intentar”.

El temor de un padre a fracasar y a ser rechazado por su hijo lo lleva a ir al rescate para salvar el día, haciendo su tarea por él, llamando a los maestros y a los entrenadores, ocupándose de cada pequeña cosa para sus hijos.

La ironía de lanzarse en picada es que los padres creen que están ayudando a sus hijos al prevenir el dolor. Pero lo que en realidad están previniendo es el desarrollo.

Extracto de The Scaffold Effect: Raising Resilient, Self-Reliant, and Secure Kids in an Age of Anxiety. Derechos de autor © 2021 Child Mind Institute, Inc. Publicado por Harmony Books, un sello de Penguin Random House.

Conozca más del efecto andamio aquí (enlace en inglés)