Kylie siempre había sido una niña ansiosa. No le gustaba separarse de su madre, Sidney. Cuando tenía tres años, desarrolló una especie de tic vocal, una tos persistente, después de un ataque de neumonía atípica. Pronto hubo otros comportamientos compulsivos, como hacer preguntas repetitivas.

Cuando estaba en preescolar, Kylie vomitó después de comer duraznos en conserva, y desde entonces se ha vuelto más temerosa de vomitar o de estar cerca de vómitos. “Era muy intenso”, dice Sidney, quien tiene una maestría en educación especial. “Creo que su mente estaba trabajando y dando pequeños pasos hacia este camino del miedo”.

Una noche, Kylie le dijo a su madre que no iba a ponerse su pijama para ir a la cama. Pronto, se rehusaba a usar cualquier pijama y se dormía encima de las sábanas. Después, empezó a arrastrar un cobertor hacia su armario y se dormía sobre él. Luego vino la almohada, que solía usar para mantenerse en una posición sentada mientras dormía. Tenía cinco años.

Los padres de Kylie trataron de tranquilizarla. Intentaron usar recompensas. Si intentaban llevarla hacia la cama, Kylie entraba en pánico. “Pateaba, gritaba, golpeaba”, dice Sidney. “Era como imaginarse que serías asesinado de manera inminente y lo supieras”.

El problema de Kylie se llama emetofobia o temor severo a vomitar o ver a otros vomitar, y es sorprendentemente común entre niños y adultos.

Cómo se desarrolla el miedo

De los 1,500 niños que aproximadamente ha tratado a lo largo de su carrera, el Dr. Jerry Bubrick, psicólogo clínico especialista en ansiedad del Child Mind Institute, estima que entre el 10 y 20% han presentado síntomas emetofóbicos. Al igual que Kylie, muchos de sus pacientes ya tienen un “temperamento ansioso” antes de empezar a mostrar señales del trastorno, el cual podría ser activado al ver a otros niños vomitar en la escuela o en el autobús, o al vomitar ellos mismos.

“Comienzan a asociar señales en el ambiente que les recuerdan los vómitos —dice— y luego empiezan a sentir miedo con esas señales”. Poco a poco, empiezan a evitar lugares y cosas que asocian con vomitar, incluso rechazan decir o escribir la palabra “vómito”. Se vuelven estrictos en sus hábitos alimenticios: se abstienen de todo lo que no les es familiar, por temor a que pueda enfermarlos, y verifican de manera compulsiva las fechas de caducidad de los alimentos. En algunos casos, la desnutrición se convierte en un problema.

El miedo se intensifica

Por ejemplo, una de las pacientes recientes del Dr. Bubrick, una niña que ya vivía con ansiedad, tuvo una intoxicación alimentaria el Día de Acción de Gracias. Durante los siguientes días y semanas, su miedo ante cualquier cosa asociada con la comida de Acción de Gracias se incrementó cada vez más. No solo evitaba la comida que hubiera sobrado de ese día, sino cualquier comida vinculada a la festividad. Pronto empezó a negarse a usar la ropa que se había puesto el día en que se enfermó, y ni siquiera entraba a las habitaciones en las que había estado inmediatamente antes y después de los vómitos.

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Algunos niños, dice el Dr. Bubrick, no pueden expresar su miedo, lo que hace que los padres adivinen y, desafortunadamente, subestimen el control que tiene la fobia sobre su hijo. “Por lo general, al igual que todas las fobias —dice el Dr. Bubrick— comienza como algo pequeño y crece, crece y crece. Cuando es algo pequeño, los padres dicen: ‘Bueno, no es nada grave. Luego se le pasará cuando crezca’. Pero luego, con el tiempo, llega al punto en que los padres están como: ‘Esto es una locura. Ya no podemos vivir así’”.

Pero, antes de llegar al punto de quiebre, los padres actúan siguiendo sus instintos (consuelan y tranquilizan a sus hijos), lo cual solo prolonga el problema. El Dr. Bubrick lo compara con rascarse una picadura de un insecto. “Cuando nos pica un mosquito —dice— da comezón, y rascarse nos hace sentir mejor en el momento. Pero tan pronto dejamos de rascarnos, la comezón empeora. Es lo mismo que usted hace en el momento para mejorar la situación, a largo plazo: la empeora”. Cuando los niños evitan las cosas que desencadenan sus miedos, o buscan consuelo para calmar su ansiedad, eso solo fortalece la fobia.

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Los temores a menudo son ignorados

Durante siete u ocho meses, todas las noches en la casa de Sidney terminaban de la misma manera. Kylie estaba exhausta. Sidney y su marido estaban exhaustos. Si alguien hubiera vomitado en la escuela, Kylie se las habría arreglado para mantenerse tranquila hasta llegar a su casa, pero al llegar a casa, dice Sidney, azotaba la casa “como un tornado”, tiraba toda la ropa que podría haber tocado el vómito. Los médicos dijeron que la niña estaba siendo desafiante. “Era toda una gama de cosas”, dice Sidney. “Estaba siendo controladora. Era también rivalidad entre hermanos porque mi hijo acababa de nacer. Ella buscaba llamar la atención. Estaba siendo manipuladora”.

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Esta respuesta no es poco común, según el Dr. Bubrick. Los padres y los pediatras que no están familiarizados con la fobia, tienden a pensar en ella como una fase que desaparecerá, y adoptan un enfoque de esperar y ver. Pero hay otra razón por la que los niños no reciben tratamiento, y por lo tanto, llegan con sus temores hasta la edad adulta: la vergüenza. Anna S. Christie es una consejera con sede en British Columbia, que comenzó a sufrir de emetofobia cuando era una niña pequeña. Sus temores fueron ignorados por los adultos a su alrededor, de modo que, aunque experimentaba síntomas severos, incluyendo el terror ante la idea de ir a la escuela o a excursiones, aprendió a mantener la verdadera causa en secreto para sí misma, desarrollando una “increíble vergüenza”.

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“Incluso mi propia madre me habría dicho que era ridículo, así que muy rápidamente dejé de contarle a todos acerca de eso”, dice Christie, quien ahora es mentora de niños y adultos con emetofobia en línea. “Mi mamá sabía algo, supongo que siempre lo supo, pero ni siquiera así se lo diría”. No fue sino hasta que Christie estaba en sus cuarenta y tantos años que fue capaz de encontrar suficiente información sobre su fobia en Internet para llevarla a un terapeuta y comenzar a trabajar en ello.

La conexión con el TOC

Un año después de que comenzara el ritual nocturno de Kylie, su ansiedad aumentó. “Estaba meciendo al bebé —dice Sidney— y ella se acercó y puso sus brazos alrededor de mi cuello, me miró, y me dijo: ‘Mamá, quiero abrazarte pero no voy a hacerlo. Creo que podría estrangularte’”.

Kylie no ponía la mesa por temor a que tomar un cuchillo y cortarse un dedo. No jugaba con sus hermanos por temor a que los asfixiaría. Le diagnosticaron trastorno obsesivo-compulsivo severo.

A pesar de que la emetofobia es técnicamente una fobia específica, el Dr. Bubrick dice que está más estrechamente asociada con el TOC que con una fobia como el miedo a las arañas, que es más discreta. De hecho, estima que entre el 30 y el 50 por ciento de los niños que ha tratado con miedo a vomitar, también presentan síntomas de TOC.

“Hay muchas diferentes manifestaciones del TOC”, explica el Dr. Bubrick. “Algunos niños tienen miedo de dañar a otros niños o a sus familiares, o tienen miedo de los gérmenes y la mala suerte, y todo tipo de cosas. Con los años, he visto a muchos niños que tienen miedo a vomitar”.

Tratamiento con terapia de exposición

Los doctores de Kylie comenzaron a abordar su TOC y su emetofobia con una clase de terapia conductual llamada exposición y prevención de la respuesta. El médico trabaja con el niño para crear una jerarquía, categorizando las cosas que activan su ansiedad en una escala del uno a diez. Luego, comenzando en el peldaño más bajo, el niño es expuesto a las cosas que ha estado evitando, a menudo en pequeños pasos graduales. Para un emetófobo, eso podría significar comenzar escribiendo la palabra vómito, luego avanzar hablando sobre ello, dibujándolo, viendo dibujos animados o fotos del vómito, posiblemente incluso estando alrededor de un ejemplar de vómito. Ellos experimentan ansiedad, pero también aprenden que la ansiedad se desvanece.

“Cuando exponemos sistemáticamente a los pacientes a las cosas que temen, sin permitirles que las rechacen, su ansiedad aumentará, aumentará y aumentará hasta alcanzar su punto máximo, y luego bajará por sí sola”, dice el Dr. Bubrick. Después de la décima o cincuentava repetición de una acción (por ejemplo, comer una papa frita que ha pasado la fecha de caducidad), los pacientes experimentan un “cambio cognitivo”, en el que se dan cuenta de que lo que temían no era tan malo como pensaban. “Si están constantemente evitando la ansiedad —dice el Dr. Bubrick— nunca tendrán esa experiencia”.

Kylie continuó la terapia por un par de años, y permanece bajo medicamentos. Hoy en día, ella todavía lucha con su miedo a vomitar, sin embargo, no solo está durmiendo en su propia cama, sino que ahora se aventura hacia el mundo con confianza. El año pasado asistió a un campamento durante dos semanas, y desde entonces aumentó la apuesta. “Es como un milagro”, dice Sidney. “Estará en un campamento por cuatro semanas, ella sola, y está dispuesta a dormir en una litera como todos los demás. Es algo que nunca jamás pensé que iba a pasar”.