Siempre he estado en las nubes. Propensa a la impuntualidad y a perder cosas, me estrello de vuelta en la realidad desde mis fantasías cuando las personas baten las palmas en mi cara. “Tierra llamando a Rae”, dicen ellos, exasperados. Cuando era niña, leía por horas pero la tarea más sencilla me reducía a un mar de lágrimas.

“Puedes hacerlo”, insistían mis desconcertados padres. “¡Tú conoces este material!”

“No, no puedo”, lloraría a gritos. “No soy lo suficientemente normal para ser una persona normal. Hay algo malo en mí”.

Años después, pocos meses después de mi cumpleaños 21, ese “algo malo” finalmente tuvo un nombre: Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad.

¿Por qué tomó tanto tiempo?

Oculto a plena vista

“Inicialmente se nos enseña que el TDAH es un fenómeno de niños”, dice el Dr. Stephen Hinshaw, director del Departamento de Psicología en UC Berkley. “Tres décadas después sabemos que es una condición que tiene igualdad de oportunidades”.

Igualdad de oportunidades, quizás, pero no se reconoce ni se trata por igual.

Según los CDC, es mucho más probable que se les dé a los niños un diagnóstico de TDAH —no necesariamente porque las niñas sean menos propensas al trastorno sino porque en las niñas, el TDAH se presenta de manera diferente. Los síntomas suelen ser más sutiles y no se ajustan al estereotipo.

“Las niñas no son tan hiperactivas”, dice la Dra. Patricia Quinn, directora y cofundadora del National Resource Center for Girls and Women with ADHD.
“La gente se imagina a los niños pequeños rebotando en las paredes y piensa:
Así es como se ve el TDAH y si esta niña no se ve así entonces no tiene TDAH”.

Los rezagados que sueñan despiertos de manera educada simplemente no atraen la atención de la forma en que lo hacen los niños hiperactivos e impulsivos. Mirar fijamente fuera de la ventana no es nada cuando el niño a tu lado está bailando en la repisa de la ventana.

Un diagnóstico tardío o fallido no solo significa que las niñas no obtienen los servicios académicos y las adaptaciones que pudieran ayudarles a tener éxito.
Las investigaciones indican que el TDAH no diagnosticado puede poner en peligro la autoestima de las niñas y de las mujeres jóvenes y, en algunos casos, su salud mental. En tanto que los niños que tienen TDAH tienden a externalizar su frustración, culpando a la “estúpida prueba”, teniendo una pataleta y portándose mal, es más probable que las niñas se culpen a sí mismas, interiorizando su ira y dolor. Las niñas que tienen TDAH tienen una probabilidad significativamente mayor de experimentar depresión mayor, ansiedad y trastornos alimentarios que las niñas que no los tienen.

En el 2012, Hinshaw y su equipo publicaron un estudio que mostraba que las niñas que presentaban TDAH de tipo combinado tienen tasas significativamente mayores de intentos de suicidios y autoagresión, a pesar de que 40 por ciento de ellas han superado los síntomas hiperactivos e impulsivos en la adolescencia. “La falta de habilidades sociales y académicas —el efecto acumulado de lo que se perdieron cuando eran más jóvenes —causa estragos”, dice el Dr. Hinshaw.

Sin el diagnóstico y la comprensión apropiados, los fracasos se convierten en evidencias, en la confirmación de cargos autocondenatorios: No soy inteligente. Soy un fracaso. No encajo.

Quinn dice que les pregunta a los padres si sus hijas, en una edad temprana, alguna vez dijeron “Soy estúpida”.

“Un cien por ciento dice que sí”, observa ella. “Incluso como niña, tan temprano como a los 8 años, uno sabe que no puede hacer cosas que otras personas pueden hacer. Y eso afecta negativamente”.

Una niña de 12 años que conozco y que tiene TDAH lo expresa mejor: “Si todos los demás pueden hacer estas cosas y yo no puedo, debe ser mi culpa”.

Los miércoles vestimos de rosado 

Hoy en día, los niños tienen más obligaciones y oportunidades que nunca antes. La palabra sobre planificación está en los labios de todos y las esperanzas para el ingreso en la universidad son considerables. La presión para hacer varias cosas al mismo tiempo y tener éxito se ha multiplicado por 10.

Una de las consecuencias de esto es que las niñas que antes podían manejar sus síntomas de TDAH ya no lo pueden hacer. Una niña que estaba bien en la escuela primaria puede, de repente, encontrarse que se está ahogando en las complejidades académicas, sociales y extracurriculares de la escuela secundaria.

Kathleen Nadeau, directora del Chesapeake Center for ADHD, da más detalles. Las niñas que tienen TDAH suelen tener dificultades para decodificar las innumerables sutilezas sociales del mundo de las niñas: lo que hay que vestir, lo que hay que decir, cómo hablar, cuándo ser consoladoras, cuándo ser malas. “Las niñas se encuentran bajo mucha presión para estar socialmente en sintonía y tener autocontrol”, dice la Dra. Nadeau, quien es psicólogo clínico. No poder encajar, o desempeñarse según el código de las niñas puede hacerlas un blanco para las niñas crueles y las deja aisladas y confundidas.

El Dr. Hinshaw se refiere a estas presiones exageradas como la “Triple Bind” (Triple atadura). Todas las niñas, comenta, están sujetas a un trío de expectativas no razonables:

  1. Ser buenas en las “cosas de niñas”, ser bonitas, empáticas, recatadas y educadas.
  2. Ser buenas en las “cosas de niños”, ser competitivas, determinadas, divertidas y atléticas.
  3. ¡Todos esto y más! Ajustarse a estos estándares imposibles, hacer que parezcan sencillos, y verse sensuales cuando lo están haciendo.

Abrumador para cualquiera, dice el Dr. Hinshaw, pero “para las niñas que tienen TDAH, esto es una atadura cuádruple”. No hay forma de salirse.

Y aunque algunas niñas se las arreglan para mantenerse a flote, el éxito tiene un costo muy alto. Algunas veces somos nuestros propios peores enemigos, disimulando y compensando, trabajando febrilmente en una cosa mientras que otras que son igualmente importantes, si no más, languidecen.

“Las niñas que tienen TDAH esconden mucho porque tratan muy duro de mantener la fachada de competencia”, dice la Dra. Nadeau. “Pero lo que está detrás de la fachada es ‘Sí, obtuve una buena calificación en esta prueba, pero he estado levantada por dos días, y estoy tan estresada que estoy a punto de volverme loca’ ”.

¿Qué hay en un nombre?

El momento entre la declaración de mi incapacidad de ser una persona normal y tener un diagnóstico fue turbulento y frustrante. Cada fracaso socavaba mi autoestima. Comencé a pensar de mí misma como que estaba destruida, era estúpida, la de las cosas que no era igual a las demás.

Pero de repente, a medida que me reconocía a mí misma en los síntomas, la desconcertante discrepancia entre lo que debía poder hacer y lo que realmente parecía ser capaz de hacer ya no era una cosa invisible y sin nombre. Era algo fuera de mí misma, algo que podía entender, algo para lo que podía planificar y dirigir.

“Algunas niñas necesitan lentes, algunas necesitan tratamiento para el TDAH”, dice el Dr. Hinshaw. “Es una vulnerabilidad a la que es necesario hacer frente; no es algo que te define”.

Conozco de primera mano los beneficios de tener un diagnóstico, y tengo la esperanza de que con los avances en la investigación y abogando por ellos, la próxima generación no tenga que esperar tanto.

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