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El secreto para una crianza calmada

Tranquilizar el cuerpo para tranquilizar la mente.

Escrito por: Dra. Gayatri Devi

Experto clínico: Dra. Gayatri Devi

in English

Esto es un fragmento del libro A Calm Brain (en inglés), escrito por Gayatri Devi, MD, neuróloga y directora de New York Memory & Healthy Aging Services.

La calma es una sensación de compostura interna que nos permite funcionar al máximo de nuestras capacidades. Es el estado ideal del cerebro, respaldado por un cuerpo completamente aliado con él, lo que nos permite aprovechar nuestros poderes cognitivos mientras mantenemos un equilibrio con nuestras emociones. Cuando estás en calma, estás en tu zona, imperturbable ante las distracciones o cualquier sensación de angustia.

El cerebro tiene sistemas complejos de relajación y calma para contrarrestar sus mecanismos de alerta y ansiedad. Estos sistemas viscerales basados ​​en el cuerpo no se encuentran dentro de nuestros lóbulos frontales (nuestro cerebro superior racional, base de la lógica y el pensamiento), sino dentro de nuestro cerebro central, que controla nuestras emociones e impulsos, así como el vasto sensor ambiental y receptáculo que es nuestro cuerpo.

Un cuerpo tranquilo es una mente tranquila. No al revés, como la mayoría de las personas creen. Cuando una madre le dice a su hijo: “Tony, ¿podrías calmarte?”, está utilizando un enfoque de arriba hacia abajo para calmar a su hijo, pidiéndole que use un proceso racional y consciente para tranquilizarse. Por otro lado, si una madre le dice por ejemplo a una niña que está gritando: “¡Tiempo de reflexión!” y la sienta en una silla frente a una pared, entonces está utilizando un enfoque de abajo hacia arriba, tranquilizando su cuerpo para lograr una sensación de calma.

Elección vs. estructura

Recientemente, en un café, observé a una madre con su hijo pequeño, que parecía tener unos cinco años. Entraron a desayunar un domingo lleno de gente y encontraron una mesa en la esquina para cuatro personas.

“¿Dónde quieres sentarte, cariño?”, preguntó la madre, señalando las cuatro sillas.

“No lo sé, mamá. Donde sea”, respondió el chico, su voz aún pesada por el sueño.

“Puedes sentarte contra la pared; te puedes sentar en la esquina. O puedes sentarte al lado de mamá, aquí mismo”, dijo la madre, ignorando su indiferencia. “Si te sientas al lado de la pared, puedes ver a las personas ir y venir. ¿Qué quieres hacer?”

“Mamá, no me importa”, dijo el hijo, comenzando ahora a quejarse.

“Está bien, pero no llores por eso después”, advirtió la madre.

“¿No querías dibujar con tus crayones?”

“Está bien. ¿Aquí?” El hijo hizo un gesto hacia el asiento de la esquina.

“Bien”, dijo su madre, contenta de que haya tomado una decisión. “Ahora, ¿qué te gustaría para el desayuno?”

Y así sucedió. Cuando salieron del café, este niño de cinco años había tenido que tomar tantas decisiones que estaba exhausto. A veces pensaba que mi madre era demasiado estricta, pero al ver este triste drama de domingo por la mañana, me alegraba que ella pusiera un plato frente a mí para el desayuno todas las mañanas y que comiera lo que había allí.

Exceso de programación y ansiedad

En el mundo cada vez más sobreestimulado que es el medio del niño urbano moderno, hay demasiados juguetes, demasiada tecnología y demasiadas opciones. Lo único que los niños no tienen suficiente, en mi opinión, es comunidad. Y esto es lo que requiere el cerebro central. Los niños necesitan las habilidades que se adquieren al vivir en comunidades y que les ayudan a empatizar y comunicarse de manera efectiva, lo cual es particularmente importante para la calma.

Programar en exceso la vida de los niños, en la carrera hacia Harvard que comienza desde la concepción, deja poco tiempo para un juego improvisado con niños del vecindario y otras delicias del cerebro que dan lugar no solo a la calma sino a una vida adulta productiva y saludable. De hecho, los investigadores han descubierto que cuantas más actividades se programen para los niños, más probabilidades hay de que sufran estrés y ansiedad.

Junto a la programación frenética está la necesidad constante de vigilancia. Una paciente mía me contó sobre su nieta de diez años que vive en un edificio de apartamentos de la ciudad de Nueva York. Aunque el edificio cuenta con un portero que controla la entrada y salida de todos los visitantes, no es inusual que los padres vigilen a sus hijos mientras caminan por el pasillo para tocar en el departamento donde vive su amigo. ¿Qué peligro puede acechar en el pasillo? Este tipo de ansiedad sobre los peligros invisibles seguramente tiene un impacto en los cerebros centrales impresionables de los niños pequeños.

Miedos susurrados

Una infancia cargada de vigilancia excesiva, incluso a manos de padres con buena intención, puede afectar tu capacidad para calmarte y protegerte por tu cuenta. Caminando por la avenida Madison en Nueva York hace unas semanas escuché a una madre decirle a su hijo de dos años acurrucado en su cochecito: “¡Aaron, cierra los ojos, se está poniendo muy fuerte el sol!” Y el pequeño Aaron, obediente, cerró los ojos para protegerse de un día gloriosamente soleado porque su madre pensó que la luz del sol le haría daño.

Este ejemplo es divertido por lo absurdo que es, pero no es broma que muchos niños de hoy sean víctimas involuntarias de la fobia a los gérmenes y la desinfección excesiva de sus padres ante la influencia de otros niños y de la infancia en general. La verdad es que la exposición a un número razonable de patógenos ambientales a una edad temprana es útil para desarrollar inmunidad a una serie de enfermedades en la edad adulta. La prevención de esta exposición puede preparar el escenario para una posterior susceptibilidad a enfermedades. Y la sobreprotección puede estimular esos miedos sin nombre y sin voz que resuenan en la casa, susurrando al oído de un niño: “¡Ten miedo!”

Relacionado con la vigilancia excesiva y la falta de comunidad está la proliferación de la tecnología, que perjudica aún más la búsqueda de calma de los niños. Los juegos de computadora, con sus sonidos y destellos y la exigencia de un estricto enfoque en lo electrónico, comprometen aún más la calma de la comunidad y el cerebro central. Lo mismo sucede con los mensajes de texto constantes que reciben los niños, que limita el desarrollo de habilidades cerebrales básicas de las personas. Como me dijo desesperado un joven que se está mensajeando con una chica que le gusta: “¡No sé si le gusto en la vida real!”

No pretendo ser una experta en niños, y solo mi hija puede decir qué tan calmada soy como madre, pero me parece que comprender la neurociencia del cerebro infantil contribuirá a que padres y madres puedan criar niños en calma. Las clases de ajedrez y piano están muy bien. Pero un cerebro tranquilo es el mejor regalo.

Fragmento extraído de A CALM BRAIN© 2012 de Gayatri Devi. Publicado por Dutton, miembro de Penguin Group (USA) Inc. Extraído con permiso del editor. Todos los derechos reservados.

El libro A Calm Brain está disponible en Amazon en inglés.

Última revisión o actualización: 24 de diciembre de 2025.

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