Cuando se tiene un hijo que está en tratamiento por problemas emocionales o de comportamiento, puede ser difícil saber cuándo es el momento de parar. ¿Qué papel deben desempeñar los padres, el terapeuta y el niño para tomar esa decisión? ¿Y cómo se puede garantizar que dejar el medicamento será una experiencia positiva para el niño?

En general, dicen nuestros expertos, es tiempo de terminar la terapia cuando se han alcanzado los objetivos del tratamiento. Eso puede significar, por ejemplo, que el niño vuelva a la escuela, que se reduzcan los síntomas de ansiedad o depresión, o que haya menos berrinches. Por otro lado, si el tratamiento no está funcionando (si el niño no ha progresado) puede ser el momento de cambiar de rumbo y considerar un enfoque diferente. (Vea, Cómo terminar la terapia cuando no funciona. Y para obtener consejos sobre cómo retirar la medicación a los niños de forma segura, lea Cómo retirar el medicamento a los niños).

Establezca objetivos con antelación y haga revisiones regulares

Un buen final de la terapia se establece desde el principio. La clave está en establecer objetivos claros y medibles al principio del tratamiento, y en hacer revisiones a lo largo del mismo para discutir los progresos realizados. Cuando el terapeuta y la familia han trabajado para alcanzar objetivos específicos y han marcado el progreso en el camino, debería estar claro cuándo se acerca el punto final.

“Se empieza preguntando: ‘¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Para qué estamos trabajando?”, dice Heather Bernstein, PsyD, psicóloga clínica del Child Mind Institute. Y luego, a lo largo del camino, se evalúa constantemente: “¿Cuánto nos acercamos a esos objetivos?”.

Los chequeos programados deben ser una oportunidad para que todos sean transparentes sobre lo que está funcionando y lo que no. El niño puede informar cómo se siente, y los padres y profesores pueden añadir observaciones sobre los comportamientos que observan. Y a medida que se acerca el momento de alcanzar los objetivos, se dispone de la información para hablar sobre la terminación del tratamiento.

Parte del propósito de estos chequeos es que el niño vea cómo el trabajo que está haciendo en la terapia está dando sus frutos. “Los niños se sienten bien cuando reciben información de que están haciendo un buen trabajo y que están mejorando,– señala el Dr. Bernstein. –Y creo que poder relacionar una reducción de los síntomas con el trabajo que han hecho también es importante al final del tratamiento”.

Los objetivos deben ser realistas

Una cosa que hay que tener en cuenta sobre el final del tratamiento es que el objetivo no debe ser la perfección. Ningún niño es siempre complaciente con los adultos o nunca está ansioso. “No hay que fijar el objetivo de que su hijo le haga caso el 100% de las veces,– señala Stephanie Lee, PsyD, directora del Anxiety Disorders Center del Child Mind Institute. –De hecho, las investigaciones sugieren que los niños de cinco años sólo siguen las indicaciones de sus padres el 75% de las veces la primera vez que se les indica que hagan algo. No hay que fijar un objetivo que esté por encima de lo que consideraríamos típico”.

A veces es difícil para las familias decidir cuánto progreso hacia una meta es suficiente, señala Rachel Busman, PsyD, jefa del Anxiety Disorders Center del Child Mind Institute. “Digamos que tenemos un niño con ansiedad por separación y que ha tenido problemas para dormir solo o lejos de sus padres. Pero ahora duerme solo, aunque de vez en cuando tiene un poco de ansiedad. Y van a las citas de juego, a veces dicen que no quieren ir, pero por lo general van”. Aunque la ansiedad no haya desaparecido del todo, no interfiere mucho en la vida diaria del niño, por lo que puede ser conveniente terminar el tratamiento.

La Dra. Busman sugiere una manera de pensar sobre esto: “Cuando los padres están inseguros, a veces les digo: ‘Si su hijo no hubiera estado en terapia, y usted viera cómo está hoy, ¿pensaría que necesita ir a terapia?’ Y si estamos cerca del final, es probable que la respuesta fuera: ‘No, creo que lo estamos haciendo bastante bien. Estamos superando los momentos difíciles. Estamos utilizando buenas habilidades’”.

Pero no termine el tratamiento a la primera señal de progreso

A veces, las familias pueden estar dispuestas a terminar la terapia antes de que el terapeuta considere que es una buena idea. Esto se debe, a menudo, a que la familia ve que el niño está progresando, pero el terapeuta cree que es necesario trabajar más para mantener ese progreso.

Muchos tratamientos para niños enseñan técnicas en una secuencia específica que ha sido probada en muchos niños y que ha resultado eficaz. Detenerse a mitad de este tratamiento “basado en evidencia”, cuando los niños han aprendido algunas habilidades y han hecho algunos progresos, pero no han completado el curso, puede conducir a un retorno temprano de los síntomas. Entonces, los padres podrían querer volver a empezar la terapia. “Puede llevar a que los niños sientan que no han tenido la oportunidad de completar el ciclo con su terapeuta y que la terapia es más bien un proceso punitivo”, dice la Dra. Lee.

Seguir con la terapia y llevarla hasta el final de forma más deliberada permite al niño, y a la familia, consolidar sus éxitos y hablar de cómo van a continuar con esos éxitos.

Si empieza a preguntarse si el tratamiento sigue siendo necesario, es un buen momento para hablar con el médico sobre el punto en el que se encuentra el proceso, señala la Dra. Busman. Sea sincero sobre lo que piensa y colabore con el médico: “¿Cuáles son nuestros objetivos, en qué seguimos trabajando, cuándo cree que terminaremos?”.

Puede ser de ayuda ir disminuyendo el tratamiento

A veces, cuando una familia no está segura de estar preparada para terminar la terapia, el clínico propone disminuir la frecuencia. “En lugar de interrumpir la terapia de golpe,– dice la Dra. Lee, –disminuimos la frecuencia (la dosis, si lo desea) de la terapia”.

Pasar de una semana a otra, o a una vez al mes, da a todos la oportunidad de ver cómo se desenvuelve el niño con menos apoyo, al tiempo que se reserva tiempo para reforzar las habilidades que ha aprendido.

“Cuando hace eso, no espera que el niño venga diciendo: ‘Ha sido genial. Estoy completamente bien’,– explica la Dra. Busman. –En realidad, lo que es fantástico de escuchar es: ‘Lo pasé muy mal el martes pasado, pero hice esto, esto y esto, y lo superé’. Y eso es una buena indicación para el terapeuta de que el niño está utilizando las habilidades. Es su oportunidad de decir: ‘¡Increíble! ¡Guau! ¡Has sido tu propio terapeuta’!”.

Los expertos afirman que las conversaciones al final del tratamiento deben poner en relieve las habilidades que los niños han aprendido y están utilizando con éxito. Y es importante que ellos ensayen cómo aplicarán esas habilidades cuando se encuentren en momentos difíciles o estresantes en el futuro.

Pero las habilidades que los padres han aprendido también son importantes, señala la Dra. Lee. Especialmente en el caso de los niños pequeños, el mantenimiento de los progresos dependerá en parte de la capacidad de los padres para apoyar a los niños de forma eficaz a medida que el papel del terapeuta vaya desapareciendo.

Los padres (y los niños) pueden estar preocupados

En algunos casos, el terapeuta considera que el niño está preparado para terminar el tratamiento, pero los padres se muestran reticentes. La Dra. Busman dice que es útil que padres y terapeutas hablen de las preocupaciones de los padres. ¿Cómo van a manejar los desafíos que puedan surgir? ¿Cómo pueden los padres utilizar las habilidades que han aprendido durante el tratamiento? ¿De qué manera los terapeutas estarán disponibles para el apoyo de seguimiento o las sesiones de repaso?

A los niños también les puede preocupar la finalización del tratamiento. “A veces los niños dicen: ‘Oh, no quiero terminar. Me gusta mucho nuestro tiempo’. O, ‘Me has ayudado y me siento nervioso’”, señala la Dra. Busman. Abordar las preocupaciones de los niños es una parte importante de las últimas sesiones.

También es útil tener una conversación sobre los límites de la comunicación después de que el tratamiento termine. “Algunos terapeutas dirán: ‘Me encantaría escuchar las buenas noticias o saber cómo van las cosas’,– señala la Dra. Bernstein. –Algunos querrán el contacto sólo para programar una futura cita. Pero eso depende totalmente del terapeuta”. Sea cual sea el plan, saber qué esperar puede facilitar la transición a los niños.

Haga un plan para sobrellevar la situación después del tratamiento

Nuestros expertos insisten en que, antes de terminar el tratamiento, el terapeuta, el niño y los padres deben trabajar juntos en un plan para afrontar los problemas que surjan o un aumento de los síntomas. “Hablamos mucho de la prevención de recaídas,– dice la Dra. Busman. –Bien, ¿qué harías si apareciera este síntoma? ¿Qué harías si empezaras a sentirte peor por esta cosa en particular?”.

El plan podría incluir habilidades que el niño podría utilizar para manejar emociones incómodas o situaciones estresantes. Podría incluir un acuerdo de que si el niño experimenta un aumento de la ansiedad o la depresión, se lo dirá a sus padres. Y habría puntos de referencia para los acontecimientos que los incitaran a volver al tratamiento. Los niños que tienen ansiedad o trastorno obsesivo-compulsivo o TOC (OCD, por sus siglas en inglés) suelen volver de vez en cuando a sesiones de “refuerzo” para recibir apoyo y repasar sus habilidades.

“Si tuvieran un historial de pensamientos suicidas o de autolesiones, habría un plan de seguridad o de crisis”, añade la Dra. Bernstein.

Nuestros expertos subrayan que el niño debe participar en la identificación de las señales de alarma que podrían indicar que podría necesitar apoyo de nuevo. Carolyn Moriarty, LCSW, trabajadora social clínica del Child Mind Institute, señala: “La terapia no siempre elimina los problemas. Sólo te da habilidades para enfrentarte a ellos. Y parte de afrontar un problema es ser capaz de identificarlo cuando está ocurriendo. Así que creo que una parte importante del final del tratamiento no es sólo que los padres puedan reconocer cuándo es el momento de volver, sino que el niño pueda decir: ‘No me siento bien. De repente, esto vuelve a ser muy duro’”.

Para algunos niños, es importante asegurarse de que los adultos ajenos a la familia conozcan el plan después del tratamiento, para que actúen como respaldo, añade Moriarty, que trata a niños en un programa relacionado con el trauma en las escuelas. “Algunos estudiantes han aprendido lo suficiente como para utilizar las habilidades de afrontamiento y los padres pueden asegurarse de que están apoyando esas habilidades en casa. Para otros estudiantes, necesitan a otra persona con la que consultar. A veces es un profesor o un psicólogo escolar. A veces es un mentor o un programa extraescolar”.

Lo importante, añade Moriarty, es que “terminar el tratamiento no es simplemente: ‘¡Y ya hemos terminado! Siempre hay un plan para seguir el final del tratamiento. Y cuantas más personas participen en ese plan, más éxito tendrás”.