Es muy común que los niños sean un poco quisquillosos con lo que comen. Encontrar a un niño que disfrute los vegetales verdes es ciertamente más difícil que encontrar uno que no lo haga. Pero algunos niños son mucho más que quisquillosos. Su aversión va más allá de ser muy selectivos y entra en un área donde los padres sienten que necesitan pedir ayuda y apoyo.

El rechazo a la comida empieza a ser un problema grave cuando los niños están desnutridos o comen tan poco que limita severamente sus vidas. “Normalmente comenzamos a ver que los niños tienen dificultades con la comida cuando tienen 7 u 8 años”, dice Jerry Bubrick, PhD, Director sénior del Centro de Trastornos de la Ansiedad y el Estado de Ánimo del Child Mind Institute. “Esa es la edad en que los padres comienzan a darse cuenta, ‘solía ser muy buen comedor pero ahora no come nada y está afectando su calidad de vida’ o, ‘pensamos que iba a dejar eso atrás, pero ahora nos estamos dando cuenta de que es más que eso'”.


Ser quisquillosos con la comida puede alcanzar un nivel clínico por varias razones diferentes. Algunos niños tienen un sentido del olfato elevado que los hace saborear los sabores más intensamente que la mayoría de la gente. Otros, limitan sus dietas porque tienen problemas con la ansiedad. Cualquiera que sea la razón, cuanto más tiempo dure un niño siendo severamente quisquilloso con la comida, más difícil será para él probar alimentos nuevos. Como cualquier otro mal hábito, la evasión se arraiga en su forma de vida y en la de su familia.

Cómo obtener ayuda

El primer paso para tratar a los niños que tienen dificultades serias con la comida es comprender más sobre sus preferencias o miedos. Por ejemplo, el Dr. Bubrick dice que ha tratado a niños diagnosticados con TOC que eran quisquillosos por temor a no ser saludables. “Imagínese comer solamente alimentos extraordinariamente saludables—sólo vegetales, sin pasta, sin pizza, sin azúcar, nada. Los padres pueden pensar, ‘¿Cuál es el problema?’, pero cuando los vegetales son las únicas cosas que está comiendo su hijo, no es bueno”.

Algunos niños evitan ciertos alimentos porque la textura los desanima o les da miedo probar algo nuevo. Otros controlan lo que comen porque tienen miedo a atorarse, o piensan que algo se “irá por la tubería incorrecta”. En este escenario, el tratamiento comienza con un psicólogo que explica cómo funciona la digestión y disipa los mitos que el niño pueda haber escuchado. Cualquiera que sea el motivo, es importante explicar a los niños que los alimentos desconocidos no son malos para ellos, incluso si parece que lo son.

“El tratamiento es divertido e impulsado por los niños”, señala el Dr. Bubrick. “Aunque los padres podrían centrarse en hacer que los niños coman ciertas cosas, es más importante que los niños acepten el tratamiento primero”. El Dr. Bubrick comienza haciendo una lista de alimentos que el niño quiere probar y luego otra lista de cosas que los padres piensan que el niño debería intentar. Luego él trabaja para determinar qué es lo que está evitando: ¿es textura, sabor, olor? Luego pueden comenzar la terapia de exposición, lo que significa que los niños comienzan a trabajar con alimentos que han estado evitando de una manera cuidadosamente controlada y terapéutica.

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“Se trata de romper barreras”, explica el Dr. Bubrick. “A veces la exposición es simplemente tener la comida sobre la mesa y poder mantener una conversación en la misma habitación. Otras veces es tocar la comida, olerla, simplemente interactuar físicamente con ella”. También les da a los niños una regla: solo puedes decir que no te gusta algo si lo pruebas tres veces. Lleva un tiempo ajustarse a los nuevos sabores, por lo tanto, a menos que algo te haga vomitar de inmediato, es importante darle a tu paladar algunas buenas oportunidades.



Al probar nuevos alimentos, el Dr. Bubrick hace que los niños los califiquen en una escala de 0 a 10. Ellos aceptan comer en casa varias veces a la semana cualquier cosa que tenga más de cinco puntos de calificación, a modo de práctica. Como recompensa por hacer su “tarea”, obtienen puntos para premios. “Para los niños que son más abiertos, la alegría de encontrar nuevos alimentos es la recompensa, pero para los que son más resistentes tenemos en cuenta un sistema de recompensa porque probar nuevos alimentos puede ser difícil”, explica el Dr. Bubrick.

El tratamiento generalmente dura de 8 a 10 sesiones. Mientras más tiempo haya durado el niño siendo quisquilloso, más sesiones tendrá para romper esos hábitos alimenticios evasivos. Pero con el tratamiento, los niños exigentes pueden hacer grandes avances. “Trabajé con un niño de nueve años que era muy quisquilloso para comer, estaba muy delgado y bebía suplementos como Ensure para obtener sus vitaminas y minerales”, dice el Dr. Bubrick. “Comenzamos la terapia de exposición con queso, que nunca había probado antes. Después de algunas pruebas y errores descubrió el Manchego, el cual le encantó. Se convirtió en un fanático del manchego. Pasó de nunca comer queso antes a poder comer todo un bloque. Y eso abrió muchas cosas nuevas para él. A partir de entonces, pudimos probar sándwiches con Manchego y muchas otras cosas más”.

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