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En primera persona: Un niño de 13 años aprende a luchar contra el TOC

Y su familia por fin recupera al 'antiguo Ben'.

A Ben lo asediaban los temores de que sus padres desaparecieran. Durante un tiempo, sus rituales (tocar cosas, decir cosas) sirvieron para disiparlos, pero finalmente la ansiedad se volvió tan abrumadora que no podía ir a la escuela. Apenas podía salir de su habitación.

Esta es una entrevista con Ben, un neoyorquino de 13 años al que le gusta el tenis, los crucigramas, los videojuegos y los libros. Ben ha recibido tratamiento para el TOC por el Dr. Jerry Bubrick utilizando lo que se llama terapia de exposición y prevención de respuesta.

¿Cuándo empezó tu TOC?

La historia de mi TOC comienza realmente cuando tenía seis o siete años. Solía tener miedo a los ladrones, así que siempre comprobaba detrás de mi cama para asegurarme de que no había ladrones. Y eso se convirtió en un hábito. Está claro que ningún ladrón podría caber ahí detrás (había como cinco centímetros entre la pared y la cama), pero necesitaba asegurarme. Es decir, no requería demasiado esfuerzo. Si no lo hubiera hecho, no habría pensado: “¡Oh, vienen ladrones!”. Solo habría sentido que algo malo pasaría. Y eso inició una cadena de simplemente querer sentirme cómodo, y hacer todo lo posible para sentirme cómodo.

¿Tenías otros miedos?

Empecé a tener miedo de que mis padres me abandonaran. Eso empezó cuando estaba en nuestra casa de verano, y estaba con mi abuelo en el sótano. Era un sótano viejo y mohoso, ya sabes, con las típicas telarañas, y yo tenía el ojo puesto en algo, y no me di cuenta de que mi abuelo había salido. Así que cuando empecé a mirar alrededor me entró un poco de pánico: no sabía dónde estaba. Busqué por toda la casa y no lo encontré. Entré en pánico. Entonces salí y él estaba en la entrada, así que sentí un alivio inmediato. Pero creo que eso fue lo que inició mi miedo a que mis padres me abandonaran. No fue como si al día siguiente me despertara y dijera: “Dios mío, tengo que ir a ver a mis padres”. No era eso: fue algo que fue creciendo.

¿Se volvió más intenso?

Eso continuó, y empecé a sentir miedo de ir a cualquier lugar solo. De estar en mi cama solo, porque pensaba que en medio de la noche mis padres se escabullirían. Está claro que eso no iba a ocurrir, pero me volví paranoico, y tenía que recibir constantes garantías de parte de mis padres. Cuando llegué al punto de no poder quedarme en mi cama solo, ellos pusieron un pequeño colchón en el suelo de su habitación, era muy absurdo, y yo dormía allí.

¿Sabías que lo que estabas experimentando se llamaba TOC?

Mis padres sabían que se trataba de un tipo de miedo totalmente extraño que no debería ocurrir. Así que me llevaron con una terapeuta que me diagnosticó TOC. Iba a verla una vez a la semana y consiguió sacarme de la habitación de mis padres. Eso me ayudó.

Pero luego empezó a empeorar. Tocaba cosas, pensando: “Oh, si toco esto mamá y papá no se irán, estará bien”. Intentaba salir de una habitación y tocaba frenéticamente, especialmente cuando tenía miedo por algo, como si mamá y papá iban a salir a cenar. Es decir, tenía que tocar todo para que volvieran a casa sanos y salvos.

¿Sabían tus amigos que hacías esto?

No es por presumir, pero se me daba bastante bien ocultarlo. Quiero decir que se convirtió en una especie de arte de esperar a ver si había alguien cerca, tocar el suelo de nuevo, tomar un lápiz, tocar el suelo, tocar el suelo, tocar mi casillero, como si rozara mis manos en mi casillero cada vez que lo usaba. Y mi amigo me sorprendió haciendo eso, y pensó que lo hacía por diversión. Él me imitaba, y yo jugaba con eso, y era como, ja, ja, eso es divertido. Pero yo tenía que ser el último en hacerlo.

¿Y luego se puso mucho peor?

En séptimo grado fue cuando realmente comenzó a ponerse mal. 

Fue antes de que empezaran las clases, durante el verano, cuando mi preocupación por el hecho de que mis padres me abandonaran me volvió loco. Estaba en un campamento de tenis de cuatro horas diarias y apenas podía hacerlo. Fingía que me dolía el estómago y lloraba literalmente en mi manga, y tenían un teléfono al que podía llamar, así que llamaba a mi padre al menos una vez cada día.

Así que… luego me uní a un equipo de béisbol. Los entrenamientos eran una especie de permiso para mis padres. Y yo estaba tan asustado allí, es decir, trataba de estar enviando mensajes de texto a mi madre durante la práctica, iba a buscar un vaso de agua y enviaba un mensaje de texto a mi madre.

Y entonces llegó el partido, el primer partido, que fue el día antes de que empezara la escuela, en algún lugar de Brooklyn. Y durante todo el partido no dejé de mirar a mi padre en las gradas, a seis metros de mí. Ni siquiera miraba lo que pasaba en el campo, quiero decir, estaba muy asustado. Y yo decía: “Papá, por favor, no vayas al baño. En serio”.

¿Qué pasó cuando empezó la escuela?

El primer día de séptimo grado, fue simplemente terrible. En tres ocasiones diferentes fui a la oficina del terapeuta de la escuela y llamé a mi mamá o a mi papá, y finalmente papá vino a recogerme. Y al día siguiente en la escuela una niñera diferente se quedó en la biblioteca todo el día. Eso ayudó. Pero eso no iba a funcionar.

Así que fui a un psiquiatra, recomendado por mi terapeuta, y me recetó algunos medicamentos. Zoloft junto con Xanax para calmarme durante el día. Y eso empezó bien. Tomé el Zoloft, empecé con una dosis baja, mmm, pero al día siguiente me quedé dormido de camino a la escuela porque el Xanax me había noqueado. Así que me perdí ese día.

Pero entonces apareció el Ambien, y la combinación de este y el Zoloft lo estropeó todo. Me volví loco. Estaba realmente deprimido. Mucho. Y no podía soportar la idea de ir a la escuela de nuevo.

Hubo una noche terrible en la que mi hermana me dijo: “Ben, quiero que vuelva el antiguo Ben, quiero que vuelvas a estar bien”. Y eso me hizo sentir un poco mejor.

¿Cuándo empezaron a mejorar las cosas?

Lo que fuera que estuviera pasando con la medicación, con mi mente, tardó unos cuantos días más bastantes terribles en solucionarse. Estaba más tranquilo. Pero mi TOC nunca había estado peor, literalmente no podía salir de mi habitación. Estaba como en un coma de TOC: “TO-Coma”. Me lo acabo de inventar.

Entonces mi madre encontró al Dr. Bubrick. Y le conté la historia que te acabo de contar. Y dijo que íbamos a trabajar en esto dos veces a la semana, haciendo exposiciones.

¿Puedes explicar las exposiciones?

Tuve que enfrentarme a lo que más quería evitar. Que era estar lejos de mis padres, y no tocar las cosas que sentía que tenía que tocar. Y también le dio tareas a mi madre, para que yo no le dijera, oh, ya sabes, sí puedo hacer esto pero no puedo hacer aquello. Hizo que no pudiera escapar. Casi me obligó, pero era la única manera de conseguir que hiciera las exposiciones. Y funcionó, es decir, si tenía que hacerlo lo hacía, y poco a poco me deshacía de cosas, como los principales rituales que solía hacer. Solía tocar mi lámpara y mi silla y mi mochila cada vez antes de ir a dormir. Todo eso desapareció.

También me hizo responderle al TOC. Decirle, por ejemplo, “eres tonto” cada vez que yo tuviera un pensamiento como ese. Era como maldecirlo. “Eres estúpido”, cosas así. Llamamos a mi TOC “la fábrica”. El objetivo era apagar la fábrica. Ya sabes, era divertido.

¿Cómo trabajaste tu miedo a que tus padres se fueran?

Bueno, mi madre me hacía hacer una exposición por día. Como que ella dijera: “Voy a salir. Puedes quedarte en casa solo, ver la televisión, lo que sea, pero yo voy a ir al supermercado”. Y yo tenía que quedarme aquí solo, o tal vez salía a algún sitio, a comprar algunas cosas que necesitábamos para la cena, algo así. Al principio me asustaba, pero luego ella volvía a casa y me sentía feliz y orgulloso de mí mismo. Diría, ya sabes, he acabado con esa exposición y no ha sido tan malo. Todavía sigo sin querer hacer las exposiciones. Dudo que alguien quiera. Pero es la única manera.

Ahora puedo estar solo. Vuelvo a casa solo de la escuela, voy a buscar comida a la calle, voy al gimnasio solo, voy a la escuela hebrea solo. Se siente bien ser independiente. Y Jerry ciertamente me ayudó con eso. Y es un proceso de trabajo en equipo. Eres tú, tus padres, Jerry, los terapeutas, todos están de tu lado. Aunque a veces no lo sienta, lo están y siempre lo estarán.