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Por qué los padres guardan silencio sobre los trastornos mentales

El estigma desalienta ser sinceros, incluso cuando el comportamiento de un niño es alarmante

Lisa Lambert

Después de los tiroteos de Newtown, Lisa Lambert, directora ejecutiva de la Parent/Professional Advocay League, habló del porqué los padres de niños con trastornos mentales a menudo permanecen en silencio, incluso cuando están preocupados por el comportamiento explosivo. Lambert conoce de primera mano el estigma y la hostilidad que enfrentan estos padres: “Necesitamos poder hablar sobre nuestros hijos y recibir compasión, comprensión y buenos consejos”, escribe. “Hasta que eso suceda, muchos de nosotros nos quedaremos callados”. Este texto apareció por primera vez en el sitio de Lambert, ppal.net (página en inglés).

La mejor manera de conseguir ayuda para su hijo con problemas de salud mental es hablar de lo que está pasando. Pero la mayoría de nosotros no lo hacemos, en especial al principio. La madre de Adam Lanza, Nancy, se mantuvo en silencio sobre sus problemas, según dicen los informes. Le gustaba hablar de jardinería, los Red Sox y sus pasatiempos. Pero callaba (al menos públicamente) sobre su hijo. Yo también lo hacía. Aprendemos a callar.

Incluso entre los padres que tienen hijos con problemas de salud mental, muchos se avergüenzan ante la idea de la exposición pública. El impresionante post de Liza Long, “soy la madre de Adam Lanza” (página en inglés), causó preocupación entre muchos padres por el hecho de que ella hubiera expuesto a su hijo de 13 años al escrutinio público y haya corrido así un riesgo terrible. Otros padres también cuentan sus propias historias, porque sienten que el riesgo que corren no es nada comparado con el dolor de lidiar con un trastorno mental en solitario. Yo he sido ambos tipos de padres: quien guarda silencio y quien comparte la historia de su hijo.

Un niño explosivo

Cuando mi hijo estaba en la escuela primaria, a veces era violento, explosivo e impredecible. Su mente, su atención y su humor eran cambiantes, y nada podía interrumpir la explosión. Créanme, lo intenté. Todo lo que podía hacer era enviar a su hermano menor a su “lugar seguro” y manejar las cosas lo mejor que podía. Por razones que ninguno de nosotros entendía, su hermano pequeño solía ser su objetivo.

Durante años me preocupó la posibilidad de que me llamaran un día para decirme que el Estado había retirado a mi hijo menor porque su hermano mayor le había roto el brazo o lo había herido gravemente. Acudí con los mejores expertos, quienes especulaban acerca de que tal vez estaba enojado porque su hermano era “normal”. ¿Por qué entonces me atacó a mí también? ¿Y por qué también se hizo daño a sí mismo?

Nadie estaba seguro del porqué de esto y aprendimos a vivir con el misterio y la incertidumbre. Cuando era un poco mayor, mi hijo pudo decirme que cada día se despertaba sintiendo dolor emocional y que la mayoría de los días era simplemente horrible. Cuando explotaba o se lastimaba, era como si estallara un globo, decía. El dolor desapareció por un tiempo. A medida que crecía, se hacía más daño a sí mismo y menos a los demás. Él razonó que esto era moralmente mejor. Como su madre, yo todavía estaba angustiada.

Aprender a quedarse callados

Cuando esto empezó, se lo conté a otras madres. Eran las madres de sus amigos y lo conocían desde que era un bebé. Algunas de ellas trataban de hacerme sentir mejor. “Todos los hermanos pelean”, decían. “Los tuyos son más intensos”. Algunos me miraban con horror o, peor aún, me decían que probara cosas que había hecho hace mucho tiempo y que realmente eran inútiles.

Estaba claro que pensaban que lo que necesitaba reforzar eran mis habilidades o mi determinación. Aprendí a evitar estas discusiones y me volví muy buena para desviar las preguntas. Aprendí a quedarme callada.

No es solo con los amigos con quienes hay que ser cuidadosos. Son los maestros de su hijo, su pediatra y muchos otros en su vida. Todos vivimos en una sociedad en la que el estigma del trastorno mental puede detenernos en seco. Es mucho más grave que solo falta de comprensión. Las personas repiten cosas que nos cortan el paso, y aprendemos a no contarles por lo que estamos pasando. En vez de eso, hablas de los Red Sox y de jardinería.

Ayuda profesional

Luego acudimos a los profesionales de la salud mental, que creemos que han visto todo esto antes. Aprendemos una vez más que a menudo estamos solos. El seguro solo paga por visitas cortas con muchos requisitos de papeleo. Hay una escasez de profesionales de la salud mental con experiencia en niños con problemas más “serios”. A los padres como yo se les dice: “He hecho todo lo que se puede por su hijo”, y observamos que no mejora mucho.

Aprendemos a manejar las crisis, a bajar nuestras expectativas de ayuda y a seguir adelante, porque sabemos que la carga recae sobre nosotros de una manera que sería impensable con otro tipo de enfermedad. He leído que la madre de Adam Lanza descubrió que solo ella podía calmar sus crisis. Estoy segura de que eso es lo que hizo hasta que ya no pudo más.

Encontrar otros padres

Finalmente, si tenemos suerte, encontramos otros padres como nosotros. Para muchos es difícil y a la vez un alivio decir mi hijo está fuera de control, se hace daño a sí mismo, o que al parecer no puede salir adelante. Pero esta vez la otra persona dice: “Sí, lo sé. También es así en mi casa”. Compartimos, lloramos, reímos. Aplaudimos los éxitos del otro y nos compadecemos de los fracasos. Sobre todo pensamos juntos en ideas, nos señalamos mutuamente la dirección correcta y progresamos lentamente. Y no guardamos silencio. Al menos mientras permanecemos en la habitación.

Después de una profunda tragedia como el tiroteo en Newtown, Connecticut, la conversación se centra en las formas de identificar al próximo Adam Lanza. Para ello, necesitamos poder hablar de nuestros hijos y nuestras familias, y recibir compasión, comprensión y buenos consejos. Hasta que eso suceda, muchos de nosotros nos quedaremos callados.