En una clase de primer grado como la del salón B71 de la KIPP Academy Elementary School, la mayoría de los estudiantes estarán atentos la mayor parte del tiempo a lo que el maestro quiere que hagan. Pero también habrá un grupo de niños que tendrán problemas para seguir las indicaciones del maestro y para comportarse de manera apropiada. Y es probable que haya otro grupo que se distraiga (o se entusiasme) con el comportamiento de los niños que se están portando mal y empiecen también a comportarse mal .

Todo esto puede implicar que los maestros  tengan que dedicar mucho tiempo y energía a repetir las instrucciones y tratar de redirigir a los niños cuyo comportamiento es disruptivo. No hacen falta muchos para deteriorar seriamente la oportunidad que tienen los maestros de enseñar. Por eso, para ser educadores eficaces, los maestros también necesitan contar con técnicas efectivas para manejar los problemas de comportamiento.

Afortunadamente, hay técnicas que han demostrado ser muy exitosas, no solo para manejar el comportamiento problemático en el aula, sino también para minimizarlo y conseguir que estos mismos niños tengan un mejor comportamiento. Las técnicas que han demostrado ser más exitosas implican “cambiar el paradigma”, como lo expresan los psicólogos del Child Mind Institute: en lugar de corregir constantemente a los niños que no se portan bien, debemos elogiar a los que sí lo hacen. El objetivo es prestar más atención al comportamiento que se quiere ver y menos al que se interpone en el camino de la enseñanza. Como resultado, con el tiempo se obtendrá más de lo primero y menos de lo segundo.

Las investigaciones han demostrado que sí funciona, y existen varios programas diferentes para entrenar a los maestros. Pero es difícil hacerlo en tiempo real, en los cientos de pequeñas interacciones que tienen con los niños todos los días. Es fácil para los maestros concluir que estas técnicas no funcionan porque es muy difícil usarlas de manera consistente. Por eso el Child Mind Institute ha lanzado un programa piloto para enviar especialistas a las aulas que realicen entrenamiento en acción.

Entrar al salón

“Los maestros se enfrentan a demasiadas demandas en un día cualquiera”, señala David Anderson, psicólogo clínico y director del programa escolar del Child Mind Institute. “Están los programas de estudio que necesitan seguir, todas las diferentes necesidades de cada uno de los niños y los distintos comportamientos que están tratando de manejar. Por eso estamos allí para ayudarlos a aplicar las técnicas de manera consistente y con la suficiente regularidad como para que realmente obtengan resultados”.

El entrenamiento en tiempo real implica observar al maestro en acción y literalmente susurrarle sugerencias al oído. Hace poco, el equipo del Child Mind Institute pasó varios meses visitando la escuela primaria de la Academia KIPP, en el Bronx, y haciendo justo esto con las dos maestras de la clase B71. Nataki Caver y Meirelys Ruiz son maestras experimentadas que estaban interesadas en perfeccionar sus estrategias para mejorar el comportamiento de los estudiantes.

“Al principio fue un poco estresante tratar de enseñar mientras alguien te está susurrando al oído”, dice Caver. “Estás tratando de vigilar a los niños y de enseñarles, y al mismo tiempo intentas escuchar lo que ellos dicen y de implementar lo que el Dr. Dave estaba sugiriendo. Pero después se convirtió en algo natural escucharlos. Y a medida que íbamos mejorando en las habilidades que ellos trataban de enseñarnos, las interrupciones eran menos frecuentes y mucho más cortas”.

Hambrientos de elogios

La clave de las técnicas que se utilizan en el entrenamiento es encontrar formas de redirigir a los niños de manera positiva, en lugar de llamar la atención al niño por el comportamiento que se intenta desalentar. Si un niño no está en su asiento cuando se supone que debe estarlo, o si está haciendo preguntas sin levantar la mano, o si está empujando al niño delante de él en la fila, el maestro encontrará a un niño cerca de él que esté demostrando el comportamiento que le gustaría ver y lo elogiará por ello.

Como todos los demás, los niños que no se portan bien también están hambrientos de elogios, por lo que apenas se ajuste al programa, el maestro le puede enviar un mensaje como: “¡Gracias por levantar la mano, Jaime!”.

También puede elogiar a la clase en general por el comportamiento que está buscando: “Me encanta cómo se han alineado y han logrado mantener las manos quietas”. Así, el estudiante que no ha estado cumpliendo, se alinea para formar parte de ese elogio público. Y cuando lo hace, ella lo destaca. “Veo tus manos a tus costados ahora, Camila. ¡Excelente!”.

Concéntrese en lo positivo

“El objetivo es ir desde lo que hacemos de manera natural, que es prestar atención a los comportamientos que nos estresan— explica el Dr. Anderson—, hasta prestar una cantidad significativa de atención a los comportamientos positivos en los que vemos que se involucran nuestros estudiantes, al esfuerzo que ponen, a los momentos exitosos o de control”.

En el aula, el equipo trata de ayudar a dirigir los comportamientos que les gustaría promover a los maestros. “Y les mostramos cómo pueden utilizar todo tipo de sistemas de refuerzo diferentes para asegurarse de que la atención de los niños está en los comportamientos que realmente queremos ver amplificados”, añade.

¿Qué tipo de cosas podría estar susurrando el entrenador en el oído de la maestra mientras intenta utilizar estas intervenciones? “Él decía: `Eso es bueno, así que ahora puedes añadir esto?´. `Eso es genial. ¿Puedes elogiar a ese niño de ahí? ¿Has notado a los estudiantes de allá?’”, explica Caver. “Estaba señalando algo que quizá yo no había notado, o algo específico que necesitaba elogiar”. Las primeras veces fue como ‘¡oh, Dios mío!’, añade Ruiz. “Pero llegó al punto de que incluso antes de que lo dijeran, ya lo decíamos nosotras mismos. Y luego, cuando ni siquiera estaban aquí, ambas nos encontramos diciendo lo mismo al mismo tiempo, y diciéndolo tal como lo había dicho el Dr. Dave”.

Ver los resultados

¿Qué efecto tuvieron estos esfuerzos en el aula? Ruiz dice que cambió no solo el comportamiento individual de los estudiantes, sino el del aula en su conjunto. “Después de un mes o dos de usarlo consistentemente, realmente se ve un gran cambio”.

“Creo que ha tenido un efecto tremendo en la clase”, explica Caver. “Los niños se desempeñan mejor cuando escuchan más elogios, creo. Hemos visto mucho más cumplimiento de lo que queremos, y con respecto a nuestras expectativas. Sienten la calidez y se alimentan de esa energía positiva”.

Los maestros también lo sienten, dicen ellas.

“En primer lugar, estás menos estresado, porque pierdes menos tiempo haciendo que los niños sigan las instrucciones, y pasas más tiempo enseñando”, dice Ruiz. “Y también, creo que hay un poco más de diversión en las lecciones. Realmente puedes terminar una lección y hacer algo divertido”.

Y aunque la intervención no tiene como objetivo específico mejorar el rendimiento académico, Ruiz dice que ve el beneficio.

“Algunos de los niños a los que no les está yendo bien académicamente, es porque no tienen un comportamiento adecuado”, explica. “Y también podría ser al revés, porque no les va bien académicamente, podrían portarse mal, porque no están entendiendo el material en ese momento”. Entonces, cuando podemos ayudarlos a tener un comportamiento adecuado, y prestar más atención a las lecciones, también pueden tener beneficios académicos”.

Ayudar a todos los niños a ser “buenos niños”

Cuando los niños que se han acostumbrado al fracaso tienen la oportunidad de obtener una retroalimentación positiva, pueden empezar a transformar su comportamiento, dice el Dr. Anderson. “Los estudiantes en los que nos enfocamos están obteniendo mucha retroalimentación positiva por los comportamientos deseables que están realizando, sin importar cuán pequeños sean”, explica. “Y lo que vemos es que en el transcurso de varias semanas comienza a cambiar la tendencia respecto a esos comportamientos que queremos cambiar. Y los maestros son capaces de retomar después la frecuencia de las declaraciones que están haciendo”.

Y añade que, con el tiempo, este enfoque intenso permite que un niño pueda empezar a interiorizar los mensajes positivos, y tener una sensación de control sobre el comportamiento que antes era una fuente de frustración. “He hecho un gran trabajo en mi tarea de matemáticas. Estoy dejando en su lugar mi silla cuando me levanto y haciendo las transiciones en calma. Estoy caminando muy bien hacia la clase de arte”.

El Dr. Anderson piensa el proceso como una especie de reestructuración de la atención en el aula, lejos de un modelo convencional en el que hay “niños buenos” que reciben muchos elogios y “niños malos” que son reprendidos y regañados.

“Queremos redistribuir ese elogio, aprobación o entusiasmo sobre lo que los estudiantes están haciendo— explica— para que cada estudiante sienta que existe la posibilidad de que en un momento dado se les diga que están haciendo algo bien”.