Un reporte ampliamente difundido de una investigación a largo plazo sobre los efectos del consumo de mariguana concluyó algo preocupante: que los adolescentes pueden estar quitando puntos de su coeficiente intelectual o CI (IQ, por sus siglas en inglés). El estudio realizado en Nueva Zelanda a 1.000 niños, quienes habían realizado exámenes de IQ en los primeros años de su adolescencia, y de nuevo cuando tenían 38 años. A lo largo del estudio habían sido entrevistados cada par de años acerca de su consumo de hierba. Los investigadores encontraron que aquellos que eran fumadores frecuentes de marihuana a los 18 años y que continuaron fumando, habían perdido un promedio de ocho puntos cuando retomaron el examen de IQ.

Es importante señalar que estos resultados no aplican para los que consumen hierba ocasionalmente (definido por el estudio como por lo menos cuatro días a la semana), sino que esto aplican para los usuarios que fueron diagnosticados con una dependencia clínica a la marihuana en, por lo menos, dos de aquellas entrevistas intermediarias. Los que perdieron un promedio de 8 puntos de IQ estaban en el grupo más extremo y solo había 19 de ellos.

Dicho eso, lo que puede ser más importante aquí es que los usuarios de mariguana que empezaron a consumirla más tarde, después de la adolescencia, no demostraban una disminución comparativa de su puntuación de IQ. Lo que esto muestra es algo muy importante acerca de la adolescencia: que los cerebros adolescentes todavía están en desarrollo, son plásticos, moldeables, y por lo tanto, son particularmente sensibles a los insultos y las influencias.

El cerebro en desarrollo

Las cosas que afectan el cerebro en desarrollo incluyen la genética del niño, sus experiencias y a lo que ha sido expuesto en sus entornos. Los niños están en proceso constante de aprendizaje, formal e informalmente, y sus cerebros están muy ocupados creando vínculos y cortando conexiones antiguas con base en los patrones de experiencias.

En el caso del estudio de la marihuana, no hay una manera de saber si toda la perdida de puntaje de IQ está relacionada al cannabis en sí, o a lo que un usuario persistente de hierba esté haciendo, o no, con su tiempo (por ejemplo, distraerse en vez de estudiar), o con quién está pasando su tiempo (otros como él). Lo que sí sabemos es que todo esto tiene un efecto en el cerebro, y los llamamos “factores biopsicosociales”.

También sabemos que podemos usar las intervenciones biopsicosociales de forma positiva: para ayudar a los niños con enfermedades psiquiátricas. Estoy hablando de los niños con ansiedad severa, depresión paralizante, retrasos del desarrollo, trastornos alimentarios y comportamientos disruptivos que estén causando estragos en sus vidas y en las vidas de sus familias. Ya que el cerebro es la dirección (sede principal) de los trastornos psiquiátricos, la habilidad del cerebro adolescente de rebotar es clave para el éxito de una intervención temprana.

Cambiar la trayectoria

La aparición del 50% de las enfermedades psiquiátricas ocurre antes de los 14 años, y el 75% ocurre antes de los 24 años. Al tratar a los niños a tiempo, tenemos una oportunidad de cambiar la trayectoria de sus vidas. La niñez es el mejor momento para identificar y tratar los trastornos antes de que se fijen no solo como una identidad y una manera de vida, sino que también en la estructura cerebral. Tenemos que tratar a los niños antes de que pierdan una gran parte de su juventud por haber estado demasiado ansiosos, distraídos o abatidos. Necesitamos tratarlos antes de que sus mecanismos de afrontamiento mal adoptados se transformen en patrones establecidos, antes de que desarrollen el hábito de automedicarse con hierba, alcohol o con calmantes (painkillers).

Creo que todos podemos ver que el consumo de drogas crónico es una perdida de potencial. Lo que no está tan claro para mucha gente es que la perdida de potencial de las personas con trastornos psiquiátricos sin tratamiento puede ser terrible. Cuando estos niños no obtienen el tratamiento que necesitan, no solamente beben y se drogan más que otros niños, sino que también abandonan la escuela, se autolesionan, les cuesta mucho trabajo permanecer en un trabajo y ser buenos padres, y además, tienen más síntomas físicos y quejas como adultos. El costo para el individuo, y para el resto de nosotros, es muy alto.

Y la realidad es que los trastornos psiquiátricos son mucho, mucho más comunes que aquellos adictos a la mariguana que perdieron puntos de IQ en el estudio en Nueva Zelanda. Y por esto mismo es muy trágico que el estigma en contra de las enfermedades mentales y en contra de darles a los niños los medicamentos que necesitan, causa que muchísimos niños enfrenten la lucha contra las enfermedades sin ayuda.

El tratamiento a tiempo

Hay una tendencia que siguen hasta los mejores padres de ignorar los problemas emocionales, y pensar que los niños simplemente van a superarlos cuando crezcan. Y algo que pasa con demasiada frecuencia es que a los padres que buscan tratamiento para los niños que están teniendo problemas los atacan por ser sobreprotectores u obsesionados con la perfección. De hecho, aquellos padres les están haciendo un gran favor al obtener tratamiento antes de que ellos empiecen a “tratarse” a ellos mismos. Una de las herramientas más eficaces que tenemos para ayudarlos es la terapia conductual para niños, a partir de preescolar, y en algunos casos, los medicamentos son de gran ayuda.

Pero incluso cuando los medicamentos han demostrado ser claramente eficaces en estudios clínicos bien diseñados, como los medicamentos estimulantes son para la mayoría de los niños que tienen trastorno por déficit de atención con hiperactividad o TDAH, a menudo son descartados como innecesarios o incluso peligrosos. La verdad es que 70 años de experiencia clínica y todos los estudios rigurosos que han evaluado los efectos de los medicamentos estimulantes han concluido que son eficaces, y que cualquier efecto nocivo en la edad adulta (abuso de drogas, reducción del volumen cerebral) es el resultado de un TDAH no tratado, no de la medicación.

La gente a quienes les preocupan y se quejan tanto de los efectos secundarios de los medicamentos psiquiátricos casi nunca expresan preocupación acerca de los efectos de negarles a los niños o adolescentes los medicamentos que necesitan para tratar sus trastornos psiquiátricos, ni tampoco se preocupan del efecto de las otras drogas que tomarían para sentirse mejor.

Lo cual nos hace regresar a los niños de 18 años de Nueva Zelanda que desarrollaron una dependencia a la marihuana. No tienes que ser un científico o un doctor para ver que esos niños no están tratando bien sus cerebros, y que están poniendo en riesgo sus capacidades mentales. Estoy seguro de que aquellos niños tenían padres que no les gustaba este comportamiento y que se preocupaban por su futuro. Pero, hasta que abordemos la salud emocional de los niños con el mismo rigor que lo hacemos para su salud física, es decir, adoptar un enfoque que tome en cuenta a todo el niño, van a existir muchos otros niños que encuentran “medicamentos” por sus propias cuentas.